
Lo siento, pero no me gusta. Al menos lo que he visto. Me refiero al Museo de Ponce después de su apertura. Era mejor, cuando era peor. Tener un museo más grande no necesariamente le ha conservado su personalidad. Ahora tenemos un museo igual a cualquier otro museo grande, y ya no es el Museo de PONCE, sin olvidarnos de que ser ponceño es, como dice el aborrecible, pero innegable bumper sticker en relación a los madrileños, un privilegio (y que conste que no soy ponceña, pero no soy mezquina tampoco). O séase que toda la gente que metió mano en la restauración del museo debió trabajar dentro de esa directriz, o al menos, cumplirla si se la dieron. Yo, repito, no he visto las salas, pero sí he visto algunos patios y sobre todo he visto lo que ya NO tenemos.
Muchas veces en mi vida he ido al Museo, he llevado amistades, he dado el viaje desde el oeste exclusivamente a comprar regalos de Navidad, tanto para adultos como para niños, como para mí, pero lo más que he hecho es ir a presentaciones de libros. Cuántas veces disfruté de conciertos de música clásica, folclórica, la impecable voz de Zoraida Santiago, presentaciones de libros de versos, lecturas y arreglos musicales, documentales, en fin, innumerables veces estuve ahí acompañada siempre de la infaltable figura del Rey Arturo.
Dios santo, ¡qué sala! Una de las salas de los prerrafaelitas, con piano incluido, la perfectamente diseñada para acogernos, para invocar la presencia de todas las artes a la vez. Y cada vez era más bella. Si siempre fue hermosa, todavía recuerdo la vez que llegué y encontré el cuadro, el infaltable, colgado en medio de paredes azul pavo. Sencillamente, no lo podía creer. ¿Acaso podía verse ese cuadro más majestuoso, más imponente, más nuestro? Pues sí, se podía, y ese color lo había logrado.
Llegar temprano a las presentaciones era parte del disfrute para ver con qué papelería nueva, con qué prendita de precio accesible, con qué juguete brillante o libro novedoso me agitaría el corazón la tiendita, obligándome a echar una mirada panorámica, pero eficiente, para ver y comprar antes de que las empleadas tuvieran que irse. Todavía revivo la transpiración y la hiperventilación en la exposición de Frida.
Consentía en salir de las paredes azules, al terminar las presentaciones, porque sabía que el caculeo en el patio contiguo era el cierre feliz de mis noches de museo. El fresco de la noche, el patio amplio y perfecto, la vegetación discreta, pero solidaria, no podía ser un espacio más digno, más nuestro, más redentor...
Con el corazón a millón me fui para Ponce un día… La reapertura, la escultura, los reportajes, el afán… La imagen blanca y brillante de adentro hacia afuera… ¡por fin, Dios mío, por fin! Una presentación. La tienda me recibía abierta, como siempre. El tiempo volvió a correr…
Jum… esto no pinta bien, semiovalada, reducida, poquísimos anaqueles, presentación aséptica y fría como esta noche ponceña. Nada del ataponamiento de mercancía, pero tampoco nada de la variedad y disfrute de antes. Una tienda de museo estándar más, una tienda de museo de ésas que entras por aquello de que no haya algo que te pierdas, pero que desde afuera sabes que no vale la pena. La mercancía igual, igual, igual: sosa, insípida. Una tablilla de libros, platos, adornos de cristal y lo más “novedoso” una bolsa con Flaming June y la mitad de la cara de Ednita. Por Dios, qué cosa fea. Si Ednita es tan icónica como Flaming June, o al revés, ¿no tenía más sentido dedicarle una cara de bolsa a cada cuál? Y la otra bolsa: “Daddy Yankee”, lo único que les faltó fue ponerle “Daddy Yankee visita el Museo” y me imagino que en inglés. ¿ Y por qué no una bolsa con el Cimarrón? Wao, wao, wao. La tienda tiene tres medias paredes de tablillas, un mostrador enorme y una o dos columnitas convertidas en mini curios. Mi consejo: o se buscan otro comprador/a o lo/a entrenan. Esa, para nada, es la tienda que esperábamos y ya sé que no soy la única que piensa así. No creo que sea buena la meta de competir con la del MAPR. Aquélla, aunque con poca personalidad, vende bellezas, pero incomprables. En la de Ponce francamente, no importa si tiene precios accesibles o no, que ni miré, porque lo que tienen ahora es una sosa y desgarbá.
Y aunque el pasme de la tienda fue grande, nada que ver con el shock de la sala de presentaciones. Había oído con interés en la radio que ese mundo pertenecía ahora a la sala de la Biblioteca, lo cual me pareció interesante y natural. Para lo que no estaba preparada era para entrar a una sala con nombre de Centro Comercial, una sala toda blanca que más bien parece un depósito donde colgar las obras en lo que van a otro lugar. Los cuadros están puestos como los pondría cualquiera sin gusto en una sala doméstica. Alguien esa noche comentó “Esos son los cuadros que no saben en dónde meter.” Yo me fijé que en el principal una mujer lee. O sea, ¿dijiste noche?, noche, playa… Dado que es la sala de las presentaciones de libros, pues es más digno un libro que un tipo muerto. Sí, ésa debe ser la lógica. El piano ahora luce interpuesto entre la mujer que lee y las sillas viejas y desiguales. Ya no es más parte del ambiente, sino un obstáculo. A la izquierda un ventanal enorme, enorme, que quienes han ido a actividades de día me dicen que convierte la sala en un cajón de empanadillas de cafetín o fiesta patronal. Un verdadero suplicio… Fea, fea la salita. Triste e inmisericorde.
Acabada la presentación, vamos a los piscolabis…
Bueno, ésa fue de veras la sorpresa mejor guardada. Salimos literalmente a un pasillo. Un pasillo del tamaño de los pasillos (balcones) de cualquier escuela pública que tenga más de un piso. Todos los entremeses en una mesa, en ese pasillo que NO tiene luz, o sea que si en vez de comerte un sándwich de pollo te zumbas un camarón, te enteras cuando no puedes hablar por el schock anafiláctico.
Y si mientras te tomas el vinito decides mirar el patio abajo, realmente no hay nada que ver, árboles sin gracia, un espacio abierto sin nada, salvo una gran máquina de vender agua que alguno más observador que yo alcanzó a encontrar.
Dadas las nuevas circunstancias de las partes que vi en el Museo, lo más hermoso y quita aliento que hay es la salida al estacionamiento. Mucho más funcional que antes, sus arquitectos paisajistas lo pensaron bien. La han sembrado de mirtos y da gusto imaginar cómo será caminar por ese largo trecho con todos esos mirtos despidiéndote con su olor.




